domingo, 7 de agosto de 2011

Cuento 11


Parábola Oriental del Rey T´ay

 

En el siglo III A.C., el Rey Ts´sao envió a su hijo, el Príncipe T´ay, a estudiar al Templo bajo la tutela del Gran Maestro Pan Ku. Ya que el Príncipe T´ay debía de suceder a su padre como Rey, Pan Ku debía enseñar al niño las bases para ser un buen gobernante.
Cuando el Príncipe llegó al Templo, el Maestro le envió solo al bosque de Ming-Li. Después de un año, el Príncipe debía volver al templo para describir los sonidos del bosque.
Cuando el Príncipe T´ay volvió, Pan Ku le dijo al niño que le describiese todo lo que había podido oír:
"Maestro" dijo el Príncipe, "he podido oír a los cucos cantar, a las hojas crujir, a los colibríes picotear, a los grillos chicharrear, a la hierba soplar, a las abejas zumbar, y al viento susurrar y gritar".
Cuando el Príncipe hubo terminado, el Maestro le dijo que volviese de nuevo al bosque para que escuchase que mas podía oír. El Príncipe se quedó sorprendido ante la petición del Maestro. ¿no le había explicado ya lo que había oído?. Durante días y noches de vigilia, el joven Príncipe se sentó sólo en el bosque escuchando. Pero no escuchó ningún otro sonido que aquellos que había escuchado antes.
Entonces, una mañana, mientras que el Príncipe estaba sentado bajo los árboles, comenzó a distinguir unos vagos sonidos en nada parecidos a los que había escuchado antes. cuanta más atención prestaba, más claros eran los sonidos. Un sentimiento de iluminación envolvió al niño:
"Estos deben ser los sonidos que el maestro quería que yo descubriese", reflexionó.
Cuando el Príncipe regresó al Templo, el Maestro le preguntó que más había escuchado:
"Maestro", respondió el Príncipe respetuosamente, "cuando escuché más atentamente, pude escuchar lo que no se puede oír: el sonido de las flores abriéndose, el sonido del sol calentando la tierra, y el sonido de la hierba bebiendo del rocío de la mañana".
El Maestro volvió la cabeza con gesto de aprobación: "oír lo que no puede oírse". afirmó Pan Ku, "es una disciplina necesaria para un buen gobernante. solamente cuando un gobernante ha aprendido a escuchar atentamente los corazones de su gente, oyendo sus sentimientos no manifestados, sus sufrimientos inexpresados y las quejas que callan, entonces podrá esperar que su pueblo confié en él, entenderles cuando algo vaya mal y ver las verdaderas necesidades de sus ciudadanos. La muerte de los estados sobreviene cuando sus líderes solamente escuchan las palabras superficiales y no penetran profundamente en el alma de sus gentes para escuchar sus verdaderas opiniones, sentimientos y deseos."
Anónimo